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Dicen que la primera vez que oyó dos voces cantando a dúo, tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Su amor por la música comenzó a los cinco años cuando aprendió a tocar el piano, ese mismo sentimiento de amor le provocaban los animales. Él mismo menciona que le causaba extrañeza que en las oraciones de su madre, antes de ir a la escuela, solo mencionase a los seres humanos. Por ello al terminar las oraciones, él realizaba otra de manera silenciosa, una oración que compuso para todos los seres vivos: “Oh Padre celestial, protege y bendice todas las cosas que viven; guárdalas del mal y haz que ellas reposen en paz.” Él cuenta de una terrible ocasión donde un amigo mayor le invitó ir al boque con honda en mano, llegado el momento se paró cerca de un árbol con pocas hojas, donde reposaban muchos pajarillos. Aterrorizado no sabía qué hacer. En ese momento sonaron las campanas de la iglesia, eso le lleno de coraje, y espantó a las aves.
Siempre me ha impresionado recordar a Albert Schweitzer (Alemania, 1875 – Gabón, 1965), doctorado en música, doctorado en teología y doctorado en filosofía, fue profesor en la Universidad de Estrasburgo, premio nobel a la paz en 1952, fue también pastor y predicador. Schweitzer tenía todo lo que una persona normal podría desear. Fue reconocido por todos. Pero había una frase de Jesús que lo perseguía siempre: “A quien más se le dio, más se le pedirá”. A los veinte años hizo un trato con Dios. Hasta los treinta años él haría todo aquello que le daba placer: daría conciertos, hablaría sobre literatura, teología y filosofía. A los treinta años él iniciaría un nuevo camino. Y fue lo que hizo. A los treinta años entró a una escuela de medicina, se doctoró y se mudó al África, para trabajar con los pobres, enfermos y abandonados. Es necesario entender que no solo era un médico curando enfermos, pues dentro de él vivirían la música, la filosofía, el misticismo y la ética. Cuenta, que una noche se preguntaba ¿cuál es el principio ético que guiaba su vida?, de repente, como un relámpago, apareció en su mente la expresión: “reverencia por la vida”. Todo lo que está vivo desea vivir. Todo lo que está vivo tiene derecho de vivir. Ningún sufrimiento puede ser impuesto sobre las cosas vivas, para satisfacer el deseo de los hombres.
Sin embargo hay algo extraño en la psicología de Schweitzer, ya que uno de los mayores deseos del alma humana, es el deseo de reconocimiento. Y él habiéndolo alcanzado todo a temprana edad, opta por la invisibilidad, la soledad, lejos de todas las miradas y todos los aplausos. No era solo una decisión ética, era también una mística. Lo que le importaba no era el brillo narcisista, sino ser fiel al principio de “reverencia por la vida”, principio que vivió intensamente. No es difícil tener respeto por las cosas débiles (las plantas, los animales). Débiles, que no tienen el poder de resistir. Difícil es tener reverencia por los hombres fuertes que están a nuestro lado. Jesús ordenó “amar al próximo”, porque es fácil amar lo distante. El prójimo es aquel que está en mi camino, que tiene el poder de decirme que no. Más fácil es amar a aquel que sufre, que está enfermo, que es dependiente, que amar a aquellos que están a mi lado y que son fuertes como yo. Reverencia por los que están a mi lado, eso es todo un desafío. Schweitzer se relacionó con los dolientes por medio de la compasión, pero también se relacionó con sus iguales, con sus compañeros en el hospital por medio de la amistad. He ahí la fórmula de su ética, el principio de que “un hombre nunca puede ser sacrificado por un fin”.
Ese era Schweitzer, quizá por ello dejó el mundo civilizado para internarse en las selvas del África. Me pregunto si en el mundo civilizado, en el mundo de las organizaciones, ¿será posible tener reverencia por el próximo? En la lógica de las organizaciones no hay “próximo”, no hay amigos. La lógica de la organización dice: cada empleado es sólo un medio, para beneficio de la organización, no importa cuán grandioso sea éste. ¡En las organizaciones, no suenan las campanas de la iglesia, para evitar que el pájaro se muera.







